Ana Langarica: La vida junto al Alamar

La vida junto al Alamar

La vida junto al Alamar ha cambiado mucho desde la época en la que me invitaron a formar parte del colectivo, hace 16 años.

Al principio no quería porque mi segundo hijo era todavía muy pequeño, tenía meses de nacido, pero cuando me dijeron que ahí en el colectivo había quien lo cuidara durante las reuniones me animé.

Como yo vivo del otro lado del arroyo, en esa época tenía que cruzar el Alamar por un puentecito angosto de madera para ir a la oficina. Era complicado con la carriola en la que llevaba al niño, al atravesar el puente tenía que levantarla en una sola llanta para poder caber por el puentecito, aun así, nos gustaba detenernos a veces a ver los animales que llegaban y vivían en el arroyo.

Había patos, garzas y otras aves que les llamaban la atención a mis hijos, el menor todavía no hablaba, pero hacía sonidos y señalaba para que nos detuviéramos a verlas. Otras veces era yo la que veía primero a los animales y les avisaba.

El más grande de mis hijos entró al grupo de jóvenes dos años después de que yo empecé en el colectivo. Después, cuando fue creciendo el más chico y empezó a hablar, empezó a pedir que lo dejaran estar en el grupo de Jóvenes también, porque veía que sus primos y su hermano más grandes iban a las reuniones. Le respondían que no porque estaba muy chiquito, pero finalmente, después de mucho insistir, fue uno de los niños más pequeños en entrar al grupo.

Después, para la canalización del arroyo, construyeron unos túneles para que el agua bajara de las colonias hacia el canal y por ahí podíamos atravesar, pero pronto empezaron a correr aguas negras por los túneles y ya no quisimos cruzar por ahí.

Ahora no se puede atravesar directo el Alamar de una manera segura, hay que caminar junto al tráfico para llegar al bulevar Gato Bronco, y ahí esperar el transporte público que a veces no se detiene.

Desde aquellos años hasta ahora ha cambiado mucho no solo el panorama, ahora difícilmente se ven las aves y animales que en aquella época nos deteníamos a contemplar en el camino, pero también, con las caminatas más largas, el tráfico que ha aumentado y el caos que ocasiona el ruido que generan tantos carros y tanta gente, el ritmo de vida es otro. Si hubiera animales como antes no sé si habría tiempo u oportunidad de detenerse a verlos.

Pero, así como el paisaje y el ritmo han cambiado, también nuestras formas de organizarnos, nuestra conciencia como mujeres del colectivo y la del grupo de jóvenes, nuestras inquietudes y la manera en la que organizamos nuestras luchas.

Muchas mujeres y jóvenes hemos entrado, salido y permanecido en el colectivo durante estos años y cada quien ha dejado un impacto en el grupo, y eso también tiene un efecto en la comunidad, que, aunque no se nota tanto a simple vista como los cambios en las calles ahí está. 

Ana Langarica, junio 2021

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